En 1894 nace en Nueva Orleans, Charles LeRoux, en una ruinosa casucha junto al río en el borde mismo de Faubourg Marigny.

  Su madre, Valérie, hija de haitianos llegados a la tierra de las oportunidades tras la revolución de los esclavos, lo tuvo sola, sin ayuda, lo que evidenciaba la fuerza y decisión que tenía y que luego imprimiría a su hijo.

  Su padre, un americano blanco, desapareció de la tierra tan pronto como supo que había dejado embarazada a aquella joven negra, y fue apenas una nota al pie de página en la vida de Charles.

 La vida de Valérie, tras la muerte de sus padres antes de quedarse embarazada, no había sido nunca fácil, y no hizo más que complicarse con la llegada del pequeño.

  Los primeros años de la vida de Charles fueron una serie interminable de refugios en los que dormir, frío y hambre. Valerie encadenaba como podía los pocos trabajos que lograba conseguir para sacar adelante a ella y a su hijo, honradamente.

  Trabajaba durante todo el dia, siempre manteniendo al niño cerca, limpiando o cosiendo prendas. Por las noches se entretenía fabricando pequeñas piezas de artesanía con cuero mientras le contaba a Charles, a modo de cuentos nocturnos, todo lo que había aprendido de sus abuelos sobre su antiguo hogar, incluyendo las tradiciones más arcanas y santería, de las que Valerie era una auténtica creyente.

  Lo oculto, los espíritus y la creencia en lo sobrenatural fue, desde el principio, una parte integral de su crecimiento, aunque desde pequeño aprendió de su madre que era algo que había que mantener en secreto.

  Charles siempre recordará, aun teniendo solo 4 años, una larga temporada en que su madre no conseguía encontrar trabajo. Malvivían en una casa abandonada, en realidad no muy lejos de donde él mismo había nacido, subsistiendo a base de caridad y de lo poco que Valerie podía conseguir vendiendo sus piezas de marroquinería.

  Fue una época que recordará por cómo oía llorar a su madre por las noches, mientras él fingía dormir y se preguntaba si él podría haber hecho algo malo para ponerla tan triste.

  Una noche, despertó por el sonido de una fuerte lluvia que golpeaba los maltrechos cristales de su refugio y se sorprendió al descubrir que su madre no estaba a su lado. Se levantó, somnoliento, a buscarla y la encontró en la sala, arrodillada en medio de lo que parecía un círculo dibujado y delimitado con velas.Estaba vestida con un vestido blanco que el nunca había visto y parecía estar murmurando algo con la cabeza agachada.

  Charles la llamó desde la puerta sin que ella pareciera oírlo, pero no se atrevía a acercarse. Estaba muy asustado. Ella, de repente, abrió los brazos y el niño vio con horror que su madre sostenía una gallina viva agarrada por el cuello en una mano. En la otra, un cuchillo.

  El pequeño vio impotente cómo su madre abría allí mismo en canal al animal y vertía su sangre en un cuenco que tenía frente a ella, para luego tirar el cadaver casi con desprecio. Vio como recogía el cuenco del suelo y bebía de el.

  Charles, pequeño como era, mi podía entender qué hacía su madre, pero era suficientemente listo para darse cuenta de que aquello tenía que ver con las historias que le contaba su madre por las noche y que tanto le fascinaban y, al mismo tiempo, le aterraban.

  Había algo en aquella habitación que le ponía los pelos de punta. Como una presencia que se mantuviera siempre en el borde mismo de la vista. Y ahora su madre parecía discutir con lo que fuera eso en un idioma que Charles aun no entendía del todo, el de sus abuelos.

  El niño de 4 años comprendió que fuera lo que fuera lo que quería Valerie, la gallina no había sido suficiente y la sensación de amenaza parecía llenar cada hueco de la habitación. Ni siquiera se dio cuenta de que se estaba orinando encima y chupándose el pulgar cuando vio a su madre ceder y coger de nuevo el cuchillo con una mano y hacerse un profundo corte en la palma de la otra, que comenzó a sangrar profusamente sobre el cuenco. Sobre el vestido. Sobre el suelo. La mano de coser, la mano de trabajar.

  La tormenta pareció entrar en la casa. El viento reventó las ventanas y todo se volvió un torbellino de caos en un segundo. Valerie pareció despertar en ese momento del trance y ver a su hijo aterrorizado en la puerta. Lo último que recordaria Charles de aquella noche, es a su madre recogerle del suelo abrazandolo para protegerlo.

  A la mañana siguiente ninguno de los dos habló de lo que lo que había pasado. Charles por miedo y su madre por vergüenza y porque no sabía qué decir. Lo que sí hizo, sin palabras, fue darle al pequeño un relicario de cristal colgado de una cinta de cuero, con un pequeño trozo de tela blanca en el interior: un jirón del vestido con algo de sangre en él, un poderoso amuleto, que ayudaría a Charles, por primera pero no única vez, a superar el terror que aún sentía aferrándose al relicario.

  El pequeño no pudo dejar de notar la torpeza con que su madre había entrelazado las cintas de cuero por culpa de la mano herida. La destreza que tenía, la había perdido, solo el tiempo y el esfuerzo dirían si sería capaz de recuperarla.

  Sin embargo, a partir de entonces las cosas comenzaron a mejorar para los dos, aunque Charles tardaría muchos años en llegar a relacionarlo con lo sucedido aquella noche.

  Su madre encontró un trabajo de sirvienta en la casa de la Jean Margaret Gordon, una adinerada viuda en la zona francesa de Nueva Orleans, a la que se fueron a vivir ambos. Quiso el destino, o la mano que ayudaba ahora a la familia, que la patrona, miembro también de la Asociacion de Sufragistas de Luisiana, cogiera cariño a Valerie a quien llegó a admirar por su fuerza y carácter resuelto, y también a su hijo, al que pronto enseñaría a leer y escribir en cuanto fue capaz de hacerlo.

  Fue una época feliz para Charles donde se educó de la menor manera que pudo para poder enfrentarse al mundo. Fue la propia anciana la que les aconsejo que se aprovecharan de la piel clara del muchacho para mantener en secreto su ascendencia y poder abrirse puertas que de otra manera estarían cerradas allí, en el Sur.

  Por las noches, volverían a su rutina favorita de artesanía y santería, aunque ahora el pequeño participaba de ambas, mirando siempre la gran cicatriz en la mano de su madre.

  Cuando el pequeño tenía 8 años, la anciana fallece tras una repentina enfermedad, dejando a Valerie y a su hijo de nuevo sin un techo. Pero el cariño que la viuda habría cogido por ambos fue tal, que en su testamento llegó a legar algo de dinero a la familia, que, junto con los ahorros que habían podido reunir, permitiría a Valerie abrir un pequeño colmado con el que salir adelante e, incluso, vender las piezas de marroquinería que juntos fabricaban.

  Un par de años más tarde, tras haberse sacado algunos centavos de aquí y de allá en las calles de Nueva Orleans, un jovencito Charles consigue un trabajo de chico para todo en The Times-Democrat, uno de los más importantes periódicos de Louisiana, ocultando, como le habían aconsejado, su ascendencia negra con la ayuda de su piel clara y su encanto natural, que tanto le había ayudado con una deslumbrante sonrisa confiada.

  Allí aprendió casi todo sobre el periodismo, desde abajo, haciéndose pronto un hueco como ayudante personal del reportero estrella, que lo arrastraría por todo el estado con sus reportajes mientras su nuevo aprendiz se encargaba de hacer las fotos.

  A mediados de 1917, ya era considerado por muchos un periodista por derecho propio, le ofrecen unirse al grupo de corresponsales que viajarán a Francia para cubrir la Gran Guerra, en la que Estados Unidos acababa de entrar.

  Su madre, reuniendo gran parte de los ahorros que habia reunido con la tienda, le regala una cámara Kodak, nueva en el mercado, y una funda de cuero que ella misma había fabricado. Esta, junto con el amuleto que Charles siempre llevaría colgado al cuello, se convertirían en sus posesiones más preciadas para el resto de su vida.

  Al partir, en noviembre de ese mismo año, la despedida es triste, pues ambos saben el gran peligro que le aguarda.

  La guerra cambia a la gente, y el caso de Charles no fue una excepción. Durante meses, cubrió el frente, junto a varios periodistas de diferentes nacionalidades, entre ellos un veterano corresponsal inglés, James Abbot, con quien trabó una rápida pero profunda amistad. Ambos se internaban en las líneas aliadas, de manera casi temeraria, Charles tomando instantáneas cuando lo permitían los ataques enemigos. 

  Presenciaron muchas batallas, esquivando a la muerte, hasta el día llegaron a unas pocas millas de la línea Hindenburg, durante la que más tarde se bautizaría como la ofensiva de los cien días. Fue ahí, cuando ambos, mientras se agazapaban cambiando de zanja aliada, encontraron un obús alemán sin estallar.

  Asustados intentaron alejarse a trompicones y James tropezó cayéndose sobre una alambrada y quedando atrapado por los espinos.

  Charles, desesperado, intentó, sin éxito, liberarlo cuando el proyectil estalló. La onda expansiva, lanzó al joven fotógrafo varios metros por los aires e hizo que su compañero fuera desgarrado por las púas de la alambrada. 

  Cuando volvió en sí, malherido pero vivo, encontró al que fuera su amigo, faltándole media cara, parte de un brazo y con el vientre abierto con las tripas desperdigadose por todo el terreno. Lo que más afectaría a Charles y le traumatizaría para el resto de su vida fue que el corresponsal inglés aún estaba vivo.

  Tras varios minutos eternos de agonía, James Abbot moriría ahogándose en su propia sangre y con el único ojo que le quedaba en una muda súplica de ayuda mientras el terror de consumía.

  Aquella mirada marcó a Charles, que se volvió taciturno y callado para todos los demás corresponsales mientras permanecía en el hospital de campaña donde se recuperaba de las heridas, la mayor, una pierna rota en la caída. Parecía que encantador muchacho que era, también hubiera muerto en aquel campo de batalla.

  Un mes después, decidió abandonar el hospital y volver a Estados Unidos. Fue durante el largo viaje donde medito mucho en todo lo que habia visto y decidió enterrar muy profundo aquellos recuerdos que tanto le atormentaban y volver a mostrar al mundo su mejor sonrisa.

  Aunque por dentro nunca pudo recuperarse del trauma, nadie pudo ver más allá de su encanto natural y su sonrisa confiada. Salvo su madre, que desde el primer momento en que volvió a verle, supo que su hijo había cambiado para siempre.

  Acabada la guerra, y al año de haber retomado su puesto en el periódico de Nueva Orleans, recibe una oferta para trabajar en el ya prestigioso Chicago Tribune a través de uno de los muchos contactos que había hecho en Francia.

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